24 – ANTONIO POZO “EL MOCHUELO”: DE LA FAMA Y EL ÉXITO, AL OLVIDO

A finales del siglo XIX era algo cotidiano encontrar cada día, por el barrio sevillano de San Román, a un cuchillero muy singular. Afilando cuchillos se ganaba la vida Antonio a la edad de 12 años. Pero lo que más le gustaba, era cantar. Antonio Pozo Millán, más conocido en el mundo del Flamenco como «El Mochuelo», cantaor sevillano que vivió entre 1871-1937. 

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Tanto era su afición que un conocido suyo que lo escuchó cantar, lo presentó en el Café de San Agustín, en Sevilla, ganando un duro cada noche, cantándole a la bailaora Enriqueta la Macaca. Sí, cobrando veinte reales de la época cada noche, cuando un café o una copa costaba treinta y cinco céntimos, eso sí, pudiendo ver el espectáculo una vez, por lo menos. De este Café Cantante pasó al más importante de toda España, al templo flamenco del Café de Silverio. De aquí, su fama se extendió por toda la península. Llegó a cantar hasta en el Café Madrid de Oviedo y por diferentes comunidades españolas.

De ahí que fue el primer cantaor que incorporó en su repertorio cantes regionales como jotas, pravianas y la farruca, que se cree que fue él quien la creo. El Rey de la Farruca, como fue llamado en su época, no se conformó con hacer giras por toda España, sino que se embarcó rumbo a las Américas formando parte del espectáculo “Ases del Flamenco”.

Se dice que Antonio Pozo Rodríguez, más conocido en el Flamenco como “El Mochuelo” ganó con su arte más de cuarenta mil duros de la época. Sin embargo, según lo ganaba lo gastaba «no me privé de nada. Viví siempre bien» decía.

Recorrió muchos países México, Argentina y Uruguay, ganando treinta duros diarios. Su fama traspuso las fronteras y lo llamaron desde Paris la Casa Pathé, para impresionar sus cantes en los primeros cilindros de cera, inventados por Edison, que llegaron a nuestro país. Fue de los primeros cantaores flamenco que grabó. En 1901 la revista “Alrededor del Mundo” publicó lo siguiente referente a su “quejío”: “… su voz es la que mejor recoge el fonógrafo …”.

Durante la primera década del siglo XX figuró en la mayoría de teatros y carteles de la época. Se dice que “El Mochuelo” ganó con su arte más de cuarenta mil duros de la época. Sin embargo, según lo ganaba lo gastaba «no me privé de nada. Viví siempre bien» decía.

La fama de “El Mochuelo” se hizo en Madrid, él mismo lo decía. Su cante no era de jondura, como se suele decir, fue un cantaor de perfil vocal melismático y ajilguerado. Su calidad interpretativa fue más bien escasa. Tampoco se distinguió por su genio creativo. Pero fue muy prolífero, en su época fue de los cantaores que más grabó, junto a la Niña de los Peines.

Y gracias a estas grabaciones podemos saborear, conocer y estudiar la evolución de los estilos del cante Flamenco. Le toco convivir en una época en la que se ganaban la vida otros cantaores con apodos de pequeñas aves, como El Canario o El Canario Chico. Se cuenta que en una actuación de Antonio Pozo, un aficionado que le escuchó cantar por malagueñas, preguntó quién era ese cantaor, otro aficionado respondió de broma: “este no es El Canario, este se parece más a un Mochuelo”, y así quedó para la historia.

Pero pronto su vida se tuerce, en la década de los treinta, las facultades vocales de este cantaor sevillano nacido en calle Sol en 1871, se le van mermando. Sus actuaciones son cada vez más escasas y limitadas. Se ve obligado a trabajar de camarero donde antes era figura y estrella, paradojas de la vida. En 1936 se le ve pidiendo por las calles de Madrid acompañado de un viejo amigo guitarrero, cantando sus viejas canciones con voz ya cascada, pero de vieja solera.

Cuando estalló la Guerra Civil española se afincó en San Rafael, provincia de Segovia hasta su muerte en 1937. La historia se repite en tantas y tantos artistas que, viviendo en la abundancia, terminaron en la miseria. El Mochuelo fue un pájaro que voló alto quedando su vuelo en el olvido.

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